
Estuvo sentado más de una hora, más del tiempo que acostumbraba su cuerpo a estar quieto, se abandonó a los pensamientos que no dejaban de presentarse, como fotos, fotos antiguas, del tiempo que fue lo que ya no es. Del tiempo dulce. Luego abrió los ojos, quiso abrir la ventana también, sentarse en su mesa cuadrada y dibujar figuras cuadradas, no podía, las manos no respondían, y los ojos estaban demasiado inundados como para descifrar los garabatos que pretendía esbozar. Volvió a la cama, volvió a ser el objeto inmóvil de la hora anterior. De pronto abrió los ojos otra vez, quiso escapar de las imágenes, pero seguían presentándose como dibujos en el techo, que querían precipitarse sobre él y envolverle de recuerdos, que ahora duelen.
Repasaba una y otra vez lo que hizo y no el porqué de la partida de su hoja perfecta. Lo cierto es que ya no conseguiría una respuesta estando petrificado bajo sus lamentos, debía partir .. buscar, encontrar. Hallaría respuestas en sus propios murmullos?, decidió que no y no quiso explicar, no querrá explicar ahora, ni mañana.
Se levantó del catre como si hubiera estado tirado allí un año completo, sus piernas cansadas acompañaban a sus brazos cansados, y los cuatro movían un tronco cansado dirigido por una cabeza cansada. El aire de la habitación era denso, pero seguía siéndolo para al salir de ella. Parecía que formaba martillos enormes que le golpeaban en la espalda y a ratos flaqueaba, pronto parecía caer, pero lograba incorporarse. Se dio cuenta que el tiempo ya no era tiempo, que el espacio dejaba de serlo y que se encontraba sumido en un no se qué que no lograba asimilar.
Su respiración se aceleró y su corazón emprendía un galope errático que le asustaba. De pronto sintió una palmada en la espalda: al voltear se encontró con un par de ojos bien abiertos, que le fueron familiares, conocía esos ojos negros, esas pestañas negras, y largas; porque eran largas, inconfundiblemente largas, luego el foco se centró en su boca, y también la conocía, esos labios paliduchos eran, si, y los ojos también, y las pestañas.
En una búsqueda frenética se propuso encontrar sus brazos y aferrarse a ellos, no comprendía los movimientos pero pudo leer en sus ojos, una confusión que no era familiar, se aproximó con rapidez y lo estrechó entre sus brazos, al tiempo que ya no pudo contener más el dique que eran sus ojos y volcó las lágrimas que ya no inundarán más.
Transcurrieron minutos eternos, que dejaron de serlo cuando fue anclado al momento, pronunció solo tres palabras, y pareció despertar de un largo sueño que lo aprisionaba en un mundo sin tiempo-espacio, caminaron juntos, caminaron abrazados dando la espalda a un sol que emergía tras el follaje de los árboles, que alcanzaba a entibiar las espaldas, la espalda que fuera acosada por martillos de aire que ya no estaban más, solo la tibieza del sol.
Guardaron las manos en los abrigos y una de ellas encontró una hoja perfecta en un bolsillo olvidado, como la hoja que ya no lo es más. Atendió el hallazgo por unos instantes, mientras sus pasos no frenaban, solo observó la hoja perfecta, y caminaba. La miró por última vez y decidió liberarla en el montículo más perfecto que pudiera encontrar. Y así fue, la abandonó al lado del camino en ese montículo casi perfecto, nunca como el primero, y decidió voltear y continuar caminando, tampoco miró atrás.